16 mayo 2017

Las vallas publicitarias afean el paisaje

«¿Sabes que en Valencia han pedido quitar vallas de publicidad de unos prostíbulos porque los conductores se distraen?», le pregunta Lula a Claudia, las dos sentadas en el filo de las puertas del coche, debajo de unas vallas enormes que hay en La Cizaña, afeando una vista que podía estar expedita hasta el campo de golf o directamente hasta el mar. Se están aflojando los cordones, después de una carrerita ligera. 

«No me extraña. El otro día, camino de casa de mis padres, le tuve finalmente que explicar a mi hijo mayor qué era eso del Scándalo. Bueno, se lo suavicé un poco bastante, le dije que era gente que pagaba para que unas tías se desnudaran bailando delante de ellos y luego les dieran unos cuantos besos. Que los que iban allí eran un poco raros. No le iba a decir al niño que es gente de lo más normal y que debemos de conocer todos a clientes asiduos, a tenor de las cifras que maneja el negocio al que no parece afectar la crisis». «Tú le metes cada rollo al niño en el coche…», le dice la diseñadora gráfica. «Hombre, qué quieres. 

Si es que pasa por el cartel dichoso todos los fines de semana. Por cierto, es la misma valla de publicidad que mi padre, él, su nieto mayor, y yo pintamos con un spray cuando animaba a votar la reforma del estatuto andaluz». «¿Qué pusisteis? Me juego a que algo de vota no», sonríe la diseñadora gráfica, escurriéndose la camiseta, mientras Claudia coge el par de toallas del maletero del coche. «Tu duda me ofende, querida», dice la librera riéndose, mientras pone cierto rictus de lady inglesa, «anda, coge las chanclas y nunca olvides, de paso, que Javier Arenas votó a favor de ese bodrio en el que se consumieron tantísimas horas inútiles pagadas por nosotros». 

«Por lo menos, estas vallas sirven para dar sombra al coche. Pero afean un montón. Igual que en La Toscana este verano decidieron unificar la oferta de souvenirs para eliminar horteradas ofensivas a la vista, no me imagino que en cualquier región que cuide el paisaje permitan enormes vallas con señoras enseñando las tetas. En Marbella han anunciado dos veces que iban a retirarlas y no sé si lo han hecho, pero me temo que no. Y en recorridos que no son urbanos son ilegales, pero, bueno, ya sabemos la legalidad por donde suele andar en este país», se queja Lula. «Bueno, para poner multas, de 200 en 200, es útil. Este fin de semana han multado a 200 coches que iban a más de 100 kilómetros por hora en Málaga. Sin embargo, para controlar el número de mesas de las terrazas el Ayuntamiento ha dicho que tiene que contratar a una empresa externa, porque no tiene medios. No puede poner a los policías locales a pedir los papeles de las terrazas. 

Ahora, si te piden a ti los papeles y no los llevas encima, puedes acabar en un calabozo en comisaría, como le pasó a tu amiga Concha, la abogada», explica Claudia quitándose la camiseta antes de tirarse al agua y ponerse la parte de arriba del bikini. De nuevo, debajo de las vallas, Lula dice: «El que lo tiraba todo en publicidad fue Bernal, el candidato socialista a la alcaldía de Marbella. Según se ha sabido ahora, y no es que no se sospechara, triplicó el gasto en publicidad mientras fue consejero delegado de Acosol, la empresa de aguas. Millón y medio. Eso debería ser delito, de verdad. A ver cómo se justifica eso. Si me pillaran haciendo algo así, me daría vergüenza andar por la calle». «¿Vergüenza? Es como lo que has dicho antes, ¿qué era? ¿cuidar el paisaje? Lula, a veces pienso que deberías largarte de aquí», dice mientras la diseñadora arranca el mini Cooper. 

«Bueno, esta tarde voy al CAC, donde algunos arquitectos amigos van a hacer minipresentaciones de cosas. Ahora, en el mundo virtual, cuidan mucho el paisaje y es una delicia ver sus creaciones. Pero no se les puede olvidar que, cuando llega la burbuja, muchos de ellos son los colaboradores necesarios para llenar esto de adosados de balaustradas de escayola, frontispicio romano, columnas de casa del Sur de EEUU y, de guinda, la valla del Scándalo cerca». «Bueno, los arquitectos no tienen nada que ver con lo último». «En fin, nada nada, tampoco. Que algunos se prostituyen intelectualmente», acaba la diseñadora, que ha heredado el purismo hacia ninguna parte de su amiga la abogada combativa.

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