23 mayo 2018

Cada vez subo más despacio las escaleras

Era un hombre muy alto, flaco, huesudo. Su cuerpo enorme contrastaba con su rostro infantil, con la mirada de niño inquietante con la que sorprendía siempre a sus interlocutores. Cordial, afable, sin embargo podía resultar algo impersonal. Era reservado y había zonas de su personalidad a las que no permitía acceder. No le gustaba alternar con mucha gente y prefería recluirse en su granja de Saignon con docenas de libros y algunos viejos discos de Charlie Parker o de Bartok que nunca se cansaba de escuchar. Fumaba sin cesar sus Gitanes y, a veces, entre trago y trago, silbaba un tango entre dientes o cogía su trompeta y se ponía a soplar un tristísimo Out of Nowhere. 

Es verdad que en los últimos tiempos la tristeza había empezado a sacudirlo con sus latigazos de sombra (su tercera esposa, la escritora Carol Dunlop, había muerto en noviembre de 1982) y que él notaba que cada vez subía más despacio las escaleras. Pero a sus 69 años todos pensaban que tenía cuerda para rato y continuaba intacto para sus lectores aquel insobornable espíritu juvenil que había hecho de su madurez técnica una maestría al servicio de un verdor candoroso, de una porosidad y disponibilidad infantiles. 

Durante los últimos años de su vida su interés se había volcado hacia la actividad política, aunque seguía escribiendo cuentos de tanto en tanto, cuando la necesidad era impostergable. Bueno, después de todo, tampoco se hacía muchas ilusiones: estaba al filo de los 70 y sabía que no le quedaba mucho tiempo. Y sabía también que hubiera sido muy difícil superar lo que ya había logrado. Por ello, resolvió dedicar todos sus esfuerzos a alentar el socialismo en América latina. Fue amigo muy crítico de la revolución cubana pero sus más grandes entusiasmos los consagró al proceso sandinista de Nicaragua. Iba y venía de Managua, dialogaba con los dirigentes sandinistas, visitaba las fronteras, denunciaba la amenaza de una invasión norteamericana llamando la atención mundial a través de sus artículos. Sin duda, su fe en el socialismo con rostro muy humano obedecía a una fuerte convicción, a diferencia del oportunismo de otros escritores latinoamericanos. A los nueve años intentó escribir una novela y luego el virus poético se apoderó de él.


Como la literatura fue para él una especie de actividad secreta, se escondió bajo el seudónimo de Julio Denis para publicar Presencia, un conjunto de sonetos que pasó totalmente desapercibido, al igual que Los reyes, una suerte de poema dramático publicado once años después con un lenguaje muy refinado que no podía ocultar la vocación de esteta que lo caracterizaba en ese tiempo. Luego el giro fue total. Un día se presentó en la oficina de Borges y le dejó a su consideración un relato titulado Casa tomada. Ese cuento fantástico que entusiasmó a Borges se convirtió en uno de los más admirados de su libro Bestiario, que apareció en 1951, cuando contaba ya con 37 años. 

Un debut algo tardío, aunque él siempre insistió en que nunca tuvo prisa por publicar. A pesar de que el volumen no alcanzó gran resonancia, muchos críticos y lectores se percataron de la importancia del narrador. 

Próximo a los 40 años, Julio Cortázar había dado el gran salto. Con Las armas secretas, colección publicada en 1959, Cortázar consolidó su posición como uno de los cuentistas más notables del ámbito latinoamericano. Uno de los relatos incluidos en el libro, El perseguidor, reveló otros niveles de expresión. La tragedia de Johnny Carter, el atormentado saxofonista de jazz inspirado en Charlie Parker, desesperado por perseguir algo que nadie entendía, mostraba a un Cortázar capaz de bucear en los rincones más profundos del alma humana. Sin duda, este relato puede ser considerado entre lo mejor de su obra. 

Posteriormente una novela como Los premios (1960) y un libro sui géneris, Historias de cronopios y de famas (1962), constituyen la antesala más adecuada para aquella obra mayor de la literatura latinoamericana que es Rayuela. Aparecida hace ya treinta años (el mismo 1963 en que aparece La ciudad y los perros, de Mario Vargas Llosa), este libro caleidoscópico inauguró una nueva manera de ver y de escribir la realidad.

Escrita para un lector que tome la iniciativa y se lance a escarbar la novela con avidez, recreándola a medida que la lee, Rayuela causó una verdadera conmoción en la literatura en lengua española. Por su carácter de obra abierta, por sus múltiples niveles de acceso, por su tentativa de subvertir el lenguaje, entre otras cosas, ha sido considerada como un equivalente del Ulisses de Joyce en nuestra lengua. En realidad, Rayuela busca ser la «novela total», objetivo que Cortázar compartió con autores como Vargas Llosa, García Márquez, Fuentes, Donoso, Cabrera Infante, entre otros, constituyéndose lo que se denominó el «boom» de la literatura latinoamericana. Rayuela mostraba un autor al que la imaginación lúdica y crítica llevaba al territorio del experimentalismo: incapaz de escribir por pura novedad (o novelería) Cortázar logró inventar un mundo autónomo en el que no se congelaban y suspendían las categorías narrativas. Por el contrario, éstas servían diestramente al propósito desmitificador del fabulador. 

Mientras los afanes renovadores (pero incansablemente teóricos) del «nouveau roman» apestan hoy a humedad y naftalina, las ficciones de Julio Cortázar permanecen vitales y vigentes: es que no se limitó a ser novedoso, llegó a ser realmente nuevo. El resto de la historia es conocido. El éxito de Rayuela le permitió a Cortázar dedicarse íntegramente a escribir. Así surgieron más libros de relatos como Todos los fuegos el fuego, Octaedro y Queremos tanto a Glenda, novelas como 62, Modelo para armar y Libro de Manuel tiras cómicas como Fantomas contra los vampiros multinacionales, un testimonio de la demencia como Humanario y aquéllas extraordinarias misceláneas de cuentos, poemas, artículos, notas, juegos y fotos titulados Ultimo round y La vuelta al día en ochenta mundos. Una obra copiosa y significativa que convirtió al escritor argentino en una de las figuras claves del continente. Ese espíritu joven al que nos hemos referido anteriormente se trasluce en la opción lúdica de Cortázar. 

Más que nadie en su momento, rescató la posibilidad de jugar con las palabras, de ampliar su dimensión significativa a partir del puro juego. Es el caso de sus Historias de cronopios y de famas, uno de los mayores aciertos de la obra cortazariana. Bajo el juego aparente, en esos extraños personajes denominados cronopios, famas y esperanzas, bullen una serie de pulsiones y rasgos profundamente humanos. 

Y bulle también, quizá como sólo lo hiciera en Rayuela, el inmenso cronopio que en el fondo de su vida y obra fue Julio Cortázar. Un inmenso es aquél para quien vida y obra, ficción y realidad no son más que una enorme tergiversación de las prácticas usuales, de las finalidades admitidas, de las funciones pragmáticas. Las tareas deben ser excéntricas, no utilitarias, lúdicas, pero sistemáticas. O sea un remedo de los trabajos «serios», donde el proceso, el proceder es más importante que los resultados porque los objetivos no se inscriben en catálogos razonables y lo que se busca es lo sorpresivo y lo sorprendente, la gratuidad como máxima disponibilidad frente a lo imprevisible. O como diría el propio Cortázar: «Negarse a que el acto delicado de girar el picaporte, ese acto por el cual todo podría transformarse, se cumpla con la fría eficacia de un reflejo cotidiano. 

Porque hay que romper las paredes de lo consabido, lo preparado, lo resuelto; hay que abrirse a la novedad potencial de cada instante». Lo releo, lo recuerdo a Julio Cortázar en aquellos años de buena amistad en París. Sigue exacto y hasta parece que aún sufriera de aquella enfermedad que, siendo ya tan alto, lo hacía crecer otro centímetro más cada año. Treinta años después de su muerte, el amigo es ya todo un gigante y el escritor y su obra siguen en su eterno retorno a la percepción virginal del adamita o sus equivalentes actuales: niño y loco. Aquel inmenso cronopio sigue escribiendo y haciéndolo todo con la misma fantasía ingenua, la misma visión infantil y candorosa que ve sin prejuicios, con constante voluntad de asombro, que no cesa en su intento de sacar lo visto de la textura adulta, tasadora, clasificadora, congeladora, solidificante y, finalmente, edificante. Pavor le habría producido a aquel inmenso cronopio ser un escritor edificante.

17 mayo 2018

La progresista Mafalda

«El horror no viene de Alemania, viene del alma». Edgar Allan Poe contestó así a quienes le daban la tabarra con la posible influencia de los escritos de los románticos alemanes sobre sus textos fantásticos. Lamentan los naturales de Catarroja el desprestigio que está cayendo sobre su pueblo por las sangrientas andanzas de los Anglés y Ricart, los presuntos asesinos de las adolescentes de Alcácer. Que digan bien alto lo que dijo Poe: «El horror no viene de Catarroja, viene del alma». Poe, con su relato Berenice, es uno de los autores antologados por Ediciones Siruela en Vampiros, selección de dieciséis textos en torno al pálido, fétido y velludo -en las palmas de las manos- chupador de sangre -modelo de la diabólica belleza maldita y a su difusa y profusa parentela de la noche. 

Hay en España una actualidad variopinta y desigual de la sangre, con la matanza de Alcacer, la teología nacionalista dele RH -glosada frente espejos deformantes-, la circulación del SIDA y la alargada sombra del hombre sin sombra: Drácula. El estreno de la película de Francis Ford Coppola ha salpicado las estanterías de libros sobre el conde y sus asociados, devolviendo la vida a una bibliografía nunca enterrada. Se ha reeditado el original de Bram Stoker, se ha publicado el cómic autorizado a partir del filme de Coppola (ambos, en Ediciones B), se ven por ahí las excelentes novelas de Anne Rice -tan aplaudidas por Savater- y toma nuevos vuelos el fundamental Tratado sobre los vampiros (Mondadori), summa die. ciochesca de Dom Agustín Calmet, tan citado por Jacobo Siruela en la introducción a su antología. Siruela, al fijar, en su prologal y. breve estudio, la relación entre el sexo y la fatal mordida, recoge un inquietante comentario de Novalis, barón de Hardenberg -muerto de tuberculosis-, procedente de sus Fragmentos de psicología. Decía Novalis: «Es extraño que el verdadero y propio origen . -de la crueldad sea la voluptuosidad». ¿Tiene la observación aplicación actualísima?

El gremio editorial (sector puro) y la república de los literatos (facción beata) recelan del trato que el cine da a los libros. Se ha criticado el cebo de Ediciones B para su Drácula de Stoker por subrayar en portada la película de Coppola, subestimando, en teoría, la genuina y originaria calidad indiscutible del texto del inglés. Tal crítica es desagradecida, puritana y poco operativa. Las películas impulsan los libros en que se basan. Mario Muchnik, magnífico editor, acaba de sacar al mercado El río de la vida, de Norman Maclean, brillantemente comentado aquí la semana pasada por Elvira Huelbes. 


Los textos de cubierta, sin embargo, rezuman un constante retintín hacia la peripecia cinematográfica del. libro, iniciada por William Hurt y culminada por Robert Redford. El editor mitifica las rarezas del emérito profesor de Chicago y las indudables bondades de sus «cuentos con árboles» y de sus aventuras en la pesca con mosca, situando en un plano de inferioridad las intenciones del neurótico Hurt y del ecologista Redford. Claro que Muchnik publica el libro, dieciséis años después de su aparición, al pairo del estreno en España -inminente- de la versión cinematográfica utilizando un fotograma del filme para la portada del libro. Doble juego. 

Pero nada comparable a las guerras del teatro. Hay follón entre Concha Márquez Piquer/Ramiro Oliveros y José Tamayo, con querellas cruzadas. Hay lío entre Francisco Marsó, productor, y la compañía de actores de La truhana, de Antonio Gala, a cuenta del fin de las representaciones de la obra. Todo- llueve - sobre el barro de la pelea Matanzo versus Teatro Alfil -socorrido con oportunismo y oportunidad por Solé Tura, mientras que el hipotético maremoto de la supresión del Festival Internacional de Teatro de Madrid -no llegará a la fatídica edición número trece- no levanta ni una triste ola. Ministerio, Ayuntamiento y Comunidad se cargan el Festival y anuncian que destinarán la pasta que se ahorran a la restauración de teatros privados en Madrid. Nadie rechista. Será que, por, fin, la evanescente política cultural de escaparatismo -típica de estos años- deja paso a la labor a largo plazo entre el consenso general. Esto es nuevo.

El violonchelista ruso Mstislav Rostropovich despotrica contra la música del siglo: «El rock es una enfermedad de los jóvenes». Solchaga, mientras tanto, persigue fiscalmente a los Rolling Stones. El pintor Luis Gordillo -que ha aterrizado en la Malborough procedente de Nueva York- le dice a Miguel Fernández-Cid que su pintura «establece un diálogo con lo nuevo». Y el poeta vanguardista Josep Vicenc Foix, en el centenario de su nacimiento, hace desde ultratumba la síntesis sentimental en un verso de su Sol, i de dol: «Si lo nuevo me exalta, lo viejo me enamora». La Academia de Cine se apunta con Belle Epoque y El maestro de esgrima a la nueva imaginería de lo viejo -el pasado-, pero se equilibra a continuación con lo redundantemente nuevo: Jamón, jamón y Acción mutante. El hatajo de marginales de Alex de la Iglesia se ha adelantado, con furia ácrata y nihilista, al audaz pronóstico del belicoso -y dicen que guerrista- Monseñor Echarren. 

El obispo de Canarias vaticina en Tribuna, en conversación con Emilio Garrido, una próxima revolución. El hambre, la incultura, la falta de viviendas y servicios y la injusta distribución de bienes son para el prelado «el caldo de cultivo para que un día los pobres y los marginados dejen de un lado tanto sexo, tanto deporte, tanta televisión, tanta permisividad moral tanta droga y tanto alcohol y se lancen a la calle a intentar transformar mediante la violencia lo que parece no querer modificar casi ningún político». 

Con una excepción, el senador e industrial de la moda Luciano Benetton, que se desnuda- con más éxito personal que Madonna en su última película- para pedir ropa para los pobres. Pero volvamos, sin hacer, sangre, a la sangre. Las considerables consideraciones de Arzallus sobre el RH negativo de los vascos han incentivado las salivales de media España y han hecho recordar a Mario Onaindía, desatado: el debate sobre racismo y nacionalismo, una venenosa anécdota, referida por el ex-lehendakari Leizaola, con el venerado José Miguel de Barandiarán como protagonista. Leizaola visitó al fallecido etno-antropólogo y a Telesforo Aranzadi en las cuevas de Santimamiñe, donde se encontraban clasificando cráneos: «Ios que eran braquicéfalos, es decir, correspondientes a la etnia vasca según los etnógrafos, los colocaban con veneración en un montoncito; pero los que carecían: de esas características los arrojaban, no sin cierto desdén, y decían "algún celta que e iba de paso"». 

El racismo, cuya infiltración en el cómic ha preocupado en el Salón de Angulema, puede ser combatido. «La literatura de extraterrestres ayuda a vencer el racismo». Lo ha dicho en Barcelona el novelista Jack McDevitt. Desde ahora ET será tan progresista como Mafalda.

11 mayo 2018

Quentin Tarantino es un sádico

Alguien en posesión de espíritu mitómano y poético se acordó de que el fiero y desolado King Kong cumplía la crepuscular edad de sesenta años en el 93 y tuvo la agradecida idea de darle una fiesta por todo lo alto en el festival de Berlín. 

Cuentan que en unos estudios de cine de Baviera se encuentra celosamente guardada la maqueta que dio origen al gorila romántico y que algunas noches se oyen rugidos de ultratumba que maldicen el recuerdo de la traidora Fay Wray, aquella mujer que no supo valorar la grandeza de Kong y el épico amor que sentía por ella. Entre los recuerdos conmemorativos para celebrar su cumpleaños se encuentra una burda reproducción de la figura de King Kong, que a pesar de sus cinco metros de altura y de haberla situado en la cúpula del Zoo-Palast no consigue despertar la atención ni el terror de ningún transeúnte. 

Si la reproducción del monstruo no impresiona a ninguno de sus admiradores, sí lo sigue haciendo la restaurada y magnífica copia de la película que acaba de regalarnos el festival de Berlín. No ha perdido encanto su precioso tono naif, ni sus alardes imaginativos, ni su extraña pureza, ni su lírica subversión. Sigo encontrando absolutamente erótica esa secuencia en la que King Kong pasa su dedo por la ropa de la aterrorizada Fay Wray. Sigo conmoviéndome con la terrible soledad urbana y el acorralamiento de ese monstruo encaramado en un rascacielos que pretende combatir a las balas que le disparan los aviones con patéticos manotazos. 

Ernest Schoedsak y Merian Cooper, sus inolvidables creadores, siempre tuvieron claro que la Bestia era noble y hermosa y la Bella y su corte de mercaderes unos crueles e insensibles cretinos. Después de sesenta años todos seguimos odiando a sus verdugos y amando entrañablemente al rey Kong, al de siempre, no al fofo impostor con el que pretendió suplantarle cuarenta años más tarde el productor Dino de Laurentiis y su mercenario John Guillermin. 


El resto de la jornada cinéfila invita a anotar cuidadosamente en una agenda el nombre de los directores rumano y danés que acaban de apalizarnos con sus indigeribles bodrios y con la intención de huir frenéticamente de ellos si volvemos a encontrarlos en otra indeseada ocasión. El lecho conyugal, dirigida, o lo que sea, por Mircea Danieluc, pretende en clave de parábola apocalíptica contarte el infierno presente y futuro de Rumanía. No dudo de la autenticidad de su miedo, pero la fórmula que utiliza el sufriente para transmitirlo merece que le decapitemos sin darle explicaciones. Danieluc muestra obsesivamente las putadas que le hace un marido a su embarazada esposa (la tira desde lo alto de un armario con la intención de que aborte) ante la imposibilidad de ofrecerle algo sólido al niño que va a nacer. 

El derroche sádico está contado en el más puro estilo narrativo rumano. Tela marinera. La danesa Penas de amor describe la confortable e inútil existencia de una chica de la alta burguesía hasta que la vida le enseña su faz más tenebrosa. El argumento puede sugerir que se trata de una historia trágica. Para nada. Es una colección de tópicos supuestamente trascendentes, un derroche sin sentido del ridículo de seriedad forzada. La nena acaba suicidándose. 

Los espectadores también hemos estado a punto de hacerlo durante el relato de su inacabable vida. Bastante más interés que estos engendros con pretensiones de cine posee la vertiginosa transformación del que fuera Berlín oriental. El antiguo tono fúnebre ha dejado paso al furor de vivir, a un vértigo existencial que acaba contagiándose a los estupefactos turistas. Berlín oriental, aunque represente a los pobres de la ciudad, está de moda. 

Su traducción de la ya decadente cultura alternativa, que tanto prestigio otorgó hace un tiempo a sus hermanos occidentales, roza el esperpento más enloquecido. Hay discotecas con poder de alucinación, infinita mugre con vocación artística, putas en body aguantando temperaturas bajo cero, agresiva convivencia interracial, ostentación de las más variada heterodoxia sexual. Los vampiros de todo lo que huela a modernidad tienen aquí un rico campo de explotación. Pero eso es otra película y yo he venido aquí para hablarles del festival de cine de Berlín.

03 mayo 2018

He matado a un vampiro

El interés por parte del Ministerio de Educación y Cultura de «meter el cine en las escuelas» llevó a Javier González Martel a la redacción de su primer libro, El cine en el universo de la ética. «Hay gente que viene luchando desde el 68 por que el cine sea una asignatura como la literatura. Realmente ofrece las mismas posibilidades expresivas y, desgraciadamente, hay más espectadores que lectores».

A este joven autor, las cintas religiosas proyectadas en los colegios con motivo de determinadas festividades o aquellas otras, supuestamente aptas para los adolescentes, exhibidas esos días en que la lluvia impide que el alumnado pueda disfrutar del patio, no le valen.

«Siempre se ha hablado de un cine didáctico; que la asignatura de Historia, además de incluir bibliografías, incluya filmografías», recuerda González Martel.

«Son cosas muy forzadas. Lo que yo defiendo en mi libro es que la escuela forme espectadores críticos, activos, que al enfrentarse con una película sepan rechazar lo que Visconti y Rossellini llaman cine de monigotes, porque dan al espectador sucedáneos de humanidad. Es peligroso que un espectador no formado acepte estos cánones por ciertos y, cuando salga a la vida, dejando de ser espectador para ser actor de su destino, lo interprete con caracteres mal aprendidos en películas mediocres», explica.

En contrapartida a esas películas de falsos héroes, el escritor ofrece una definición de Bardem, que se refería al cine como «historias de hombres y mujeres en términos de luz». Gente en definitiva que, en la actualidad, «está mucho más cerca de los antihéroes creados por Dustin Hoffman o Al Pacino que de Rambo o Superman».

Como el cinéfilo de pro que es, Javier González Martel le dedica el libro a Antoine Doinel, alter ego del gran Truffaut, «con todo lo que esto significa». Ese inmenso significado, a grandes rasgos, se podría resumir en: «Con él aprendí a sentir, a besar, a caminar por la calle».


Las enseñanzas que le brindará la pantalla también incluyen «el saber matar vampiros». «Lo que me ha venido muy bien en la vida real. Hay personajes maravillosos a los que tenemos que imitar constantemente».

Con todo y con eso no le ciega la pasión. «Habría que tener un poco de delicadeza a la hora de elegir el tipo de películas que se van a proyectar en las escuelas», observa. «Realmente, si en los colegios se toma como héroe al Doinel de Los cuatrocientos golpes, se acabaría con todos los chavales correteando por las playas».

Quizás sea por consideraciones como ésta por las que Victoria Camps afirma en el prólogo: «Javier González Martel ha sabido encuadrar el cine en el universo que le interesa a la educación: el de los comportamientos humanos y el del juicio valorativo que es el que separa lo que merece la pena de lo que no vale para nada».

«La censura se la debe imponer uno mismo», considera el autor, cuestionado sobre las atrocidades filmadas por Quentin Tarantino y otros realizadores tan del gusto de la juventud actual.

«Pero no una censura de decir esto no se debe hacer, sino esto lo veo y me sale por la oreja. Ver una película o leer un libro es como hacer la digestión. Tienes unas cosas que se te incorporan al organismo y otras que expulsas, tiras de la cadena y desaparecen. Todos tenemos que tener una especie de cisterna. Cuando los espectadores sean críticos, podremos ver a Tarantino riéndonos de sus cosas graciosas y deshaciéndonos de las malas digestiones que nos puedan provocar sus estallidos de violencia».

Sobre lo que Javier González Martel aún alberga sus dudas, es acerca de si el cine es el responsable de la creciente fascinación por la violencia que siente la juventud. «Es difícil saber hasta qué punto la realidad imita al cine o el cine imita a la realidad. La cuestión es tan tremenda que no sabemos por dónde pillarla», afirma.

«Me parece peligroso descalificar películas como las de Tarantino por estas razones. La violencia en el cine cada vez es más espectacular. Pero está tan desfasada que se ha convertido en un esperpento. Se ríe de sí misma y se ha convertido en una especie de cómic. Al final no te impresiona».

Para Martel, en las películas se pueden encontrar otras escenas más fuertes: «Causa más impresión una lágrima que un estallido de sangre».

25 abril 2018

El baile del Círculo

«Cuando sonó el teléfono y nos dijeron: chicos os llaman del Ayuntamiento, nos fuimos a refugiar en el cuarto de baño. Nos han pillado, tío. ¿Tú cuántas multas debes? Más de 40, me contestó y además llevamos 3 años sin pagar el Impuesto Municipal de Sociedades».

Guillermo Frésser y Juan Luis Cano, Gomaespuma, comenzaron ayer de esta manera su pregón en la Plaza de la Villa ante cientos de madrileños que gozarán hasta el próximo miércoles de las alegrías del carnaval. Gomaespuma terminó su discurso en plan sano, llamando a la convivencia pacífica durante estos días «para demostrar una vez más que aquí hay sitio para todos».

Para hoy están previstos los actos más importantes, de los que hacemos un resumen:

El baile del Círculo.- Con el título de Carneval 97, desde las 11 de la noche a las 6 de la mañana se celebra el clásico baile en el Círculo de Bellas Artes. Actúan en directo Paquito Clavel, El Chaval de la Peca, Micromachine, Super Skunk y los Tigres de la Rumba.

Desfiles.- Hoy tendrá lugar el Desfile de Carrozas y Comparsas, que partirá a las 19 horas de la Gran Vía de San Francisco y recorrerá las calles Bailén y Mayor, hasta llegar a la plaza Mayor. Yvonne Reyes será la musa del desfile, que lucirá un vestido azul inspirado en el de Cenicienta. A las 21 horas habrá una fiesta en la Plaza Mayor en la que actuará la orquesta Royal y Greta y los Garbo.

Carnaval en el sur.- En Getafe la fiesta se prolonga hasta el día 15, día en que tiene lugar el Baile de los Vampiros. Los más terribles monstruos y fantasmas donarán su sangre en dos unidades móviles de la Cruz Roja.

Más de sesenta murgas y charangas darán color y sabor a los Carnavales de Getafe, donde el Ayuntamiento ha subvencionado estas actividades con 3.700.000 pesetas. Leganés y Fuenlabrada gastarán cerca de 6 millones y Móstoles 8 millones.


Los desfiles y bailes proliferarán por todas estas localidades metropolitanas, que contarán con orquestas más o menos conocidas, y sólo algunas de ellas, como Fuenlabrada, tendrán un show musical, en el que participarán una parte de los personajes de La Parodia Nacional, informa Olga Heras.

El corredor del Henares.- El cantante Loquillo inauguró ayer el carnaval en Torrejón con un pregón desde la plaza Mayor al que siguió un concurso de comparsas en el que se otorgó un primer premio de 100.000 pesetas y un segundo dotado con 80.000. El domingo, a las 18.00 horas, el Ayuntamiento de Torrejón premiará a aquel colectivo que presente la sardina más original. Doña Sardina será también la protagonista del Miércoles de Ceniza en San Fernando, ya que se instalará en el Centro Cultural Gabriel Celaya una capilla ardiente, con cura incluido, para rendirle homenaje. Habrá una gran sardinada gratuita.

Chinchón.- Inicia hoy los actos con el homenaje que sus paisanos darán al actor José Sacristán, quien descubrirá una placa en la fachada de la casa en que nació, en la plaza Hermanos Ortiz de Zárate. Con este acto, darán comienzo los Carnavales que contarán con un pregón sorpresa y un desfile histórico con algunos de los personajes más relevantes del pasado de Chinchón, como reyes, nobles y pintores, entre otros. La fiesta en honor de Don Carnal y Doña Cuaresma continuará el domingo, día 9, con un concurso de carrozas; el lunes, día 10, habrá un concurso infantil de disfraces, y el martes, día 11, un gran pasacalles y una charanga local.


Los niños son los grandes protagonistas de estos días. Estas son algunas de las fiestas que se han preparado para los más pequeños.

Bellas Artes.- El domingo 9, a las 17 horas, el Círculo de Bellas Artes abrirá su sala de columnas para celebrar el carnaval infantil. Habrá música en directo y juegos para todos. El precio es de 1.000 pesetas para adultos (800 para los socios) y 800 para niños (500, socios).

Plaza Mayor.- La corporación municipal organiza el domingo a las 12 de la mañana en la Plaza Mayor un carnaval infantil con concurso. Actúa el grupo Los Gabytos. Los menores de 12 años que vayan disfrazados tendrán entrada gratuita en el teleférico de la Casa de Campo.

El Zoo Acuarium de la Casa de Campo celebra también los carnavales permitiendo la entrada gratuita a los menores de 14 años que visiten sus instalaciones hasta el 11 de febrero. Está condicionado a ir acompañado de una persona mayor. Durante la exhibición de delfines, a las 14 horas, se elegirá todos los días al niño mejor disfrazado.

Moralzarzal.- En esta localidad serrana se celebra un concurso de disfraces infantil durante el fin de semana.

17 abril 2018

Los vampiros de Transilvania han vuelto

Transilvania se ha quedado seca. No queda sangre para el conde inmortal. Por eso el murciélago alza el vuelo hacia América, en busca de jóvenes en las que hincar sus colmillos sedientos de poder y sangre.

Esta es la trama de Drácula y otros vampiros, la propuesta de Macunaíma, que recala desde esta noche y hasta el 23 de marzo en el Teatro Olimpia de Madrid.

La labor de esta emblemática compañía brasileña, que ha guiado Antunes Filho, ha sido seguida por el público español con interés. En esta ocasión, Antunes Filho -que paradójicamente ama el sol y la luz, como buen Sagitario- se ha adentrado en el reino de las tinieblas, para hablar esencialmente de dos cosas: seducción y poder.

«A lo largo del espectáculo planteamos el Drácula tradicional, a la búsqueda de sangre joven y su gran viaje político: la seducción de Drácula es la del poder, el proselitismo de las ideas totalitarias», señala.

La esencia de este hombre de teatro se basa en la pluralidad y el descubrimiento. Drácula y otros vampiros, un proyecto del Centro de Pesquisa Teatral do Sesc, nació tras un taller con jóvenes actores y un largo proceso. «Prefiero trabajar con equipos jóvenes porque nuestro camino está en la búsqueda, la investigación y la renovación del lenguaje teatral. La juventud de América nos permite, además, hacer ciertas cosas que en Europa no están permitidas», añade.


Con esas ciertas cosas se refiere a abrirse a todo tipo de influencias y a reconocerlas en su integridad: desde el manga japonés y el cómic underground brasileño, al teatro balinés y la cultura oriental, pasando por el Apocalipsis, Silvia Platz o Baudelaire, referentes del montaje.

Y prosiguiendo la descripción de su imaginario, Antunes Filho apela a la divinidad hindú Shiva. «Dionisos es la revuelta; Shiva, la creación, el renacimiento y la muerte. Lo dionisíaco habla de exaltación: Shiva, de ilusión. No es el camino del ser o no ser: es el de ser y no ser. Es el teatro y la vida como juego, como juego hermoso y divertido», matiza.

Macunaíma ha dejado tras de sí una estela de grandes momentos del teatro latinoamericano. Y ello con una formación rigurosa de sus intérpretes, dotados de una fuerte expresión gestual y voces muy preparadas. Tal vez por eso han sido capaces de conjugar el teatro de texto - La leyenda de Gilgamesh fue su anterior montaje- y la creación de un idioma propio, formado por sonidos guturales y palabras que no pertenecen a ninguna lengua, pero que espectadores de todas las naciones comprenden. «El mundo se vuelve muy pequeño cuando hablamos de corrientes y estéticas. Y creo que Goethe tenía razón cuando advertía del peligro del hombre de un solo libro», añade Antunes.

La presencia de Macunaíma en Madrid, primera capital europea de su gira internacional, se ha visto marcada por el homenaje a Moisés Pérez Coterillo, alentador del encuentro latinoamericano. «El valor de su colaboración ha sido fundamental para nosotros», concluyó.

09 abril 2018

Me gustan las mujeres con bigote

Sentado en mi butaca, en un cine, advierto en la fila anterior la presencia de un mendigo de mi barrio, que está merendando mandarinas, se desvanece adormilado, se hunde bajo el respaldo hasta desaparecer, viene y va de la papelera a su localidad, y viceversa. Un poco más adelante, una mujer, de edad intermedia, discute con la pantalla, se levanta y coloca unos cintajos sobre las luces de referencia de la salida de la sala. Luego, se cambia de sitio y se traslada a mi fila, que está desierta. Me inquieta, la vigilo de reojo, ya no veo la película con la misma calma. Después, se pone a cantar. Hay ratos en que hay más acción en el patio de butacas que en la pantalla. Algunos creen que en los cines no pasa nada.

Ciertas mujeres piensan que su manera de combatir a los hombres es ser como ellos. Y también que equipararse es adquirir sus peores defectos. Esta es la base oculta de la primera película dirigida por el guionista Joaquín Oristrell, ¿De qué se ríen la mujeres?. Por eso es una comedia, muy efectiva, y da mucha risa: porque es la multiplicación de dos ridículos.

Comida de presentación de la cuarta novela de Pedro Sorela, que trabaja sus títulos como cada línea de sus libros, dedicando a la prosa la persistente terquedad perfeccionista que se dedica a un verso: yendo a muerte. Este libro se llama Viajes de Niebla (Alfaguara), y sucede a Aire de Mar en Gádor, Huellas del actor en peligro y Fin del viento. Su editor, Juan Cruz, y su presentador, José María Merino, coinciden en señalar una paradoja: el nacimiento de una nueva etapa del escritor y la consolidación de un mundo propio. La aspiración máxima de un artista es poder cumplir con esta paradoja: seguir y cambiar a la vez. Lo contrario es, con frecuencia, banalidad y aburrimiento.


Quiero ir a ver la exposición en la March de Toulouse-Lautrec, en domingo, y resulta que las colas llegan hasta donde el pintor perdió los pinceles. Menudo éxito. No he nacido ni para hacer colas ni para correr detrás de un autobús. Otro día será. Entro en la exposición de Frida Kahlo, Amelia Peláez y Tarsila de Amaral en la Fundación La Caixa. Y decido lo que ya venía rumiando hace años: que Frida Kahlo no me interesa nada, que su mezcla de patetismo e indigenismo no me conmueve, que su mito, en definitiva, no nace de sus cuadros, no nace de la pintura, sino de la literatura, de la literatura hecha con su vida y con su muerte, con su enfermedad y con sus amores. Y, desde luego, no me gustan las mujeres con bigote.

Es una buena película, Michael Collins, pero resulta decepcionante que cineastas europeos como Neil Jordan hayan adoptado con tan aplicada fidelidad el estilo del cine industrial norteamericano. Hay ideas muy interesantes en esta película, pero, al poco de empezar -con aquellos planos enfáticos, aquella música sinfónica-, me obsesioné con la sensación de estar asistiendo a la configuración de un héroe y a la puesta en pie de una épica con los recursos trillados del cine norteamericano. Y las ideas de la película me parecieron menos dignas de consideración porque también a ellas les atribuí la trampa y el efectismo del propio estilo de narrar. A Alan Parker (Evita), y a tantos ingleses, les ha pasado lo mismo. Es respetable, es una opción laboral. Pero como espectador cada vez busco más las miradas personales no contaminadas por las reglas del manual de la empresa.

La segunda novela de Lourdes Fernández-Ventura ofrece el perfil redondeado de una escritora cuajada, de prosa tan precisa como bella, lírica y erótica en su textura. Donde nadie nos encuentre (Planeta) presenta una muy sugestiva galería de personajes, que viven su dramática peripecia en el París del primer tercio de siglo. Presentamos el libro Soledad Puértolas y yo. Al acabar nuestras respectivas intervenciones, me doy cuenta de que Soledad se ha basado en el personaje masculino que narra la historia y yo en el personaje femenino que la protagoniza. Cada uno, sin repartir los papeles, hemos mirado hacia un lugar. Cada lector mira hacia un sitio, lo que forzosamente termina por suponer que un escritor cuenta tantas historias como lectores tiene.

Vuelve a Madrid el grupo brasileño de teatro Macunaima con el espectáculo Drácula y otros vampiros. Macunaima fue, cuando fue, una revelación, una explosión en Madrid. Un prodigio que iba unido a otro prodigio: una nueva forma de vivir la vida, Madrid, España. Fue una euforia dentro de otra euforia. La sensación que su nombre evoca hoy es de nostalgia y pérdida. Hay que ver el espectáculo y pensar en otra cosa.
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